La espina de un acento en la laringe

PRESENTACIÓN de LUZ PICHEL

Se puede leer un poema o se puede leer una obra. Se puede, también, leer la obra desde un poema y al poema desde la obra –desde su evolución, su desenvolvimiento. Se puede leer un poema de la escritora gallega Luz Pichel y disfrutar el juego cerrado de los versos que van del objeto a la imagen y de la imagen al habla para volver al objeto. O bien se lo puede leer, y enriquecer la lectura del poema, en la secuencia –en los desplazamientos y mutaciones producidos dentro de la secuencia– que arman sus últimos cuatro libros: Casa pechada (2006), Cativa en su lughar (2013), Tra(n)shumancias (2015), Co co co u (2017). Mientras que sus libros anteriores los escribió en castellano, Casa pechada fue escrito en gallego. Y del 2013 en adelante, los textos de Pichel están en una lengua nueva, una malalengua como ella dice. Leídos, así, en serie, los libros más recientes se pueden entender como producto de un cruce fronterizo entre las lenguas (castellano y gallego), el producto sin terminar, “aún haciéndose”, de un lenguaje propio.

En Buenos Aires, en Argentina, en América Latina, ya parece haber nacido un nuevo lugar común de la crítica literaria que dice así: “un buen texto es aquel que inventa un lenguaje propio”. Enunciado contundente y atractivo, pero ¿qué significa? ¿Cómo nos damos cuenta, al leer, que estamos ante la invención de un lenguaje?

Retomando, Luz Pichel hacía poesía en castellano y luego escribió un libro en gallego, la lengua oficial de su terruño (Alén, pueblo rural de Pontevedra, Galicia). El contexto de escritura en que se dio Casa pechada atraviesa y da forma al poemario: la casa de su infancia quedaría vacía y, al final de cada jornada de limpieza, orden, descubrimiento y recuperación de los objetos, trastos, herramientas, juguetes, y utensilios hogareños y campestres, Pichel escribía un poema despertado por la actividad diurna (“recordar significa como despertar” dice una de las conversadoras de la triloxía de eulalia). Son textos contenidos, cansinos y de observación, que conservan el ritmo de las herramientas en desuso, hoces, palas, baldes y arados. El lenguaje es una herramienta, se sabe; pero lo sabemos más, mejor o de otra manera en los poemas de Luz Pichel: entonces recordamos cómo funciona la lengua cuando decide por nosotros qué nombrar (“por que só teñen nome nesta aldea/ os trastes de levar ao lombo?”).

La contención precisa e intensa de los versos en Casa pechada –casa cerrada, diríamos– sufren una explosión al ser traducidos. Es que –y entonces, los primeros visos de un nacimiento lingüístico– cuando le piden a Luz Pichel una versión castellana de su poemario gallego, lo que aparece no es la lengua de castilla, es el castrapo: una “lengua de frontera” que se habla en zonas rurales como Alén. Es el habla del lughar, una entrelengua a la que no reconocen ninguna de las dos lenguas oficiales y que el Gallego, al normativizarse, relegó a “variante do idioma castelán falado en Galicia” (DRAG). El castrapo es una lengua-habla (lingua difformis la nombra Pichel en el prólogo a Cativa en su lughar) que no tiene ni Diccionario ni Henares del Rey en Alcalá, y es también, en esta versión libre de Pichel, una lengua-memoria. Bajo la misma premisa de Casa pechada, Cativa en su lughar se enfrenta a un espacio del recuerdo y la autobiografía, y busca “traducirlo”. Las notas al pie del poemario en castrapo son elocuentes al respecto: explican términos de la malalengua y, al mismo tiempo, evaden la explicación; se constituyen como poemas en prosa al lado del poema en verso pero compartiendo la jerarquía (un mismo tamaño de letra: no “al pie”, como suelen las notas subsidiarias, sino al margen y en paralelo), abundan en percepciones del lughar para dar a entender lo que viene con las palabras y los nombres, lo que son el gando, el meigho y el caldero. No un léxico apenas; un entramado perceptivo que contenga y a la vez supere las fronteras de una lengua. No en castellano, no en gallego, no ya en castrapo, sino en la lengua de los poemas que (se) arman (con) una experiencia: “el nuevo libro pasa a tener su propio lughar, no hay traducción ni traición. En todo caso, desarrollo, otra lengua, una posición, otro texto”.

Y es en este punto del proceso donde la lectura de una poeta gallega contemporánea se hace importante para cualquier lector o lectora de acá o de allá. El pasaje entrelenguas que se despista y produce poemas como los de Cativa en su lughar o Tra(n)shumancias –que no optan por una lengua de traducción sino por una convivencia de idiomas que colaboran en la hechura del texto– nos recuerda que la traducción, entendida en estos términos, es el origen de toda escritura y todo artefacer, desde el momento en que se decide utilizar un código (lingüístico, por caso) para elaborar en otro plano recuerdos, percepciones, ideas, sentimientos, convicciones.

¿Lenguas que colaboran? En Buenos Aires, en Argentina, en América Latina, sabemos de la dimensión política de toda lengua por lo menos desde Nebrija (“siempre la Lengua fue compañera del Imperio”). Agudizada percepción de las colonias. A veces olvidamos la contemporaneidad de esa constancia imperial –cuando decimos “español” en vez de “castellano”, la olvidamos. Pero pensar en Nebrija también distrae de otras formas políticas de la lengua. Escribe Pichel: “El castrapo no acaba con el gallego. No es su enemigo sino su aliado, como se alían marineros, labradores, chicas de servicio, costureras, albañiles, cajeras, reponedores de todo género y de toda geografía. Ahí es donde lo tomamos, en la soldadura y en el respeto, como lengua difformis, como malalengua”. Hartos de tener que elegir un idioma, los poemas de Pichel combinan recursos plurales de tradiciones, culturas y códigos distintos –y fronterizos– para forjar, desde la cruza, música (“péchanse la boca con el pano / tápanse la boca // con el pano tápanse la // boca los cuerpos los // padecimientos // de los partos // y las crianzas”) e imagen (“acento tilde / til // valeriana a las noches // grano crudo en la cena / grano cru // marcas de nacimiento en la laringe”).

La invención de un lenguaje propio, en los poemas de Luz Pichel es consecuencia del cruce de fronteras, un movimiento de arrastre entrelenguas que guarda y conserva las marcas de cada idioma transitado. Al margen de la poliglosia, lo que queda es el movimiento de corte y apertura. Incluso al interior de cada lengua hay fronteras culturales y simbólicas por trasponer. Contra el eslogan profiláctico de la Real Academia que reza, en alusión a su misión, “Limpia, fija y da esplendor”, podríamos levantar, después de leer a Luz Pichel, una muy contraria propuesta para la escritura, una apuesta que se abra al peligro y a lo que no se sabe que se sabía: “La poesía es una hoz que desbroza un ribazo y encuentra la camisa de una cobra”.

Emilio Jurado Naón

 

DOS POEMAS de Cativa en su lughar / Casa pechada

Quemar la leña

 

Amanece en nébulas,

neblina, nebulas, néboa. Tráfico,

trasiego de volanderos.

La cantiga de un gallo de lejos

corresponde con el croack del corvo

que escaramuza en fuga

al escape de hombres berrinchudos.

 

Yérguense con el día, rompen

mazas contra las puertas

de los gandos▲.

Después cómbase al uso y caen,

son vocales.

 

 

Otro gallo arrebátase

en el lucir del son.

 

Miro para el alpendre de la leña y

dígome

cómo me gustaría,

cuánto me ghustaría

darla quemado toda,

ghastarla

consumirla

rematarla ¿entiendes?

 

Gando▲ es como ganado, toda clase de reses o gentes domesticadas y tratadas a palos. No vayan confundirte con trampa pequeñita y ghrande consecuencia, no te arreen con varas, que todo eso pronúnciase en un diosquetecreó si tú no espabilas. Una vocal de nada, una letra que cae y estás perdido en una ringlera de debujitos que no entiendes y corren por tu cuerpo arriba coma formighas. Sacúde, neno.

 

Queimar a leña

 

A néboa do amañecer énchese de trafego

de xente voandeira.

O canto dun galo que vén de lonxe

correspóndese co canto do corvo

que foxe escorrentado

polos golpes dos homes.

 

Érguense co día e rompen mazas

contra as portas do gando.

 

Outro galo respóndelle.

Miro para o cuberto da leña e penso

como me gustaría dala queimado toda.