Gerardo Deniz: metáfora en jeopardía

por Emilio Jurado Naón

Remonta la ribera, mide las anacondas
con cinta de alfayate valiente. Párate a una oración
al degustar en el caudal sabor a industria,
antes del primer puente, con diez arcos.
Pronto habrán de ser menos y luego
vadearás la corriente, por puro delinquir,
muchas veces al día sin temer sanguijuelas,
paladeando urea refrescante y ríspida
que ensortija las crines del caballo.*1

Presentar a Gerardo Deniz es bastante parecido a hablar de un país –ni cerca ni lejos– al que varios viajaron pero cuyo acento no se le pegó a ninguno. Sobran quienes probaron sus platos típicos, pero nadie incorporó, de ellos, nuevos ingredientes; y, a pesar de que son muchos los que dicen haber paseado por las calles de sus ciudades, pocos, a la vuelta, cambiaron en algo la forma de caminar. Es decir: no hace falta presentar a Gerardo Deniz –nombre literario de Juan Almela (1934-2014), quien nació en Madrid y residió la mayor parte de su vida en Ciudad de México–, porque ya se lo conoce, ganó premios, fue traducido y tiene dos volúmenes de obras completas (uno de poesía y otro de prosas), pero sí se vuelve una necesidad revisitarlo para subrayar cuáles características de esa obra singular pueden ser productivas; qué formas de pensar un texto son propias de su poética y no se pueden encontrar en ninguna otra; de qué nos sirve, en fin, leer a Deniz.

Las apariciones de su nombre en Argentina son escasas: una entrada en el Diccionario de autores latinoamericanos de César Aira (Emecé, 2001); la reedición de su antología Mansalva (Mansalva, 2012); y la publicación del poema “Patria” (Spiral Jetty, 2015). Si un lector local, curioso y emprendedor, quisiera leer algo más que estas tres publicaciones de o sobre Deniz –y hubiese ya fatigado buscadores de Internet, enlaces quebrados, alguna que otra estrofa dudosamente transcrita, escaneos más o menos completos de sus ensayos y textos en prosa–, se habría quedado, entonces, seco de material. Tendría que viajar a México o España, o bien pedir a algún amigo suertudo que le contrabandee uno de los voluminosos ejemplares de Erdera, la poesía completa que, en 2005, el Fondo de Cultura Económica publicó en tierras aztecas pero nunca llegó a distribuir acá… ¡Excepto! Excepto esos diez ejemplares que en algún momento desembarcaron en Buenos Aires para alimentar los ácaros del depósito editorial.

Una librera astuta nos dio el aviso y, de a un volumen por vez, fuimos sustrayendo cuatro libros de aquel secreto malentendido. ¡Diez ejemplares de Erdera llegan a Argentina pero no salen a librerías! ¿Diez de qué? De Deniz. Claro: ¿qué interés hay en hacerlo circular?

Un primer argumento a favor es la amplia variedad de sus versos. Esta selección que publicamos busca –además de exhibir algunos de sus mejores poemas– mostrar la amplitud de recursos que maneja en planos diversos. Los poemas de Deniz varían en lo formal (pueden ser tanto de breve como de largo aliento; pueden construir largas oraciones mediante versos encabalgados, o bien restringir cada sintagma a una línea), varían en género (son narrativos, argumentativos, dialogados), en registro (hacen uso de un vocabulario híper-culto por momentos y, otras veces, pedestre e incluso cachondo), varían también en el léxico (de un amplio castellano, contemporáneo y antiguo, científico, enciclopédico, letrado pero sin por eso huirle a los neologismos, políglota hasta el sánscrito), y en el plano semántico (ya que, de un verso al otro, las referencias saltan de lo evidente a los intrincado, lo cual le permite cargar de conexiones múltiples el sentido de sus textos). El objeto de sus poemas, sus tópicos, suelen estar compuestos de materia cotidiana: anécdotas sucedidas a la vuelta de la esquina, conversaciones con amigos, críticas a colegas (estéticas o políticas, siempre sarcásticas), escenas previas, posteriores o simultáneas al sexo, disquisiciones lingüísticas sobre lecturas poco frecuentes, o bien una buena ducha. No importa cuán comunes sean los temas de sus poemas, siempre constituyen una partitura interpretada por lengua extraña, desquiciadamente enciclopédica, que es castellano pero a la vez idioma ajeno.

La palabra vasca erdera –con la que titula su poesía completa– significa “lengua extranjera” pero, en el uso, designa específicamente al castellano; una torsión del lenguaje sobre sí: toma préstamo de otro idioma para señalar al propio castellano como lengua foránea.

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Vámonos a echar corcovia, vámonos una noche, que nadie se entere,
dejando la academia a los macacos (sin los hechos apostólicos
del mono auténtico) —arbopublirrelacionistas, picornacomunicólogos, mixoadministradores, [papovamercadotécnicos, qué sé yo,
vámonos a equivocar de otras maneras.

El lugar de Deniz en el circuito poético mexicano es el de un extraño. Según Pablo Mora, quien prologa varios de sus libros, se trata de una poética que va a contracorriente de sus contemporáneos (un “contrapoeta”). Ya desde el comienzo de sus publicaciones, en los años setenta, Deniz descarta la metáfora como vía a lo trascendental (la Verdad, la Sensibilidad del Poeta) y la convierte en una herramienta para descabezar mistificaciones culturales. Se puede decir que sus textos son intolerantes a la figuración –a los lugares comunes de la figuración. Toda frase cristalizada, todo lugar común, es síntoma, para Deniz, de tres males que aquejan a la cultura: ignorancia, hipocresía y solemnidad. Y ahí, donde el poema se cruza con una abstracción, seca en el corset de las instituciones, la toma para la sátira y la desfigura (la hace literal).

Es el caso del poema “Cultura”, en donde, luego de enumerar definiciones de la cultura oficial según apropiaciones nacionalistas (“Silla de montar sudada, de cuero rojo incrustado de canicas y piedras únicas; (…) vianda al fuego amarillo en carne viva, siempre a medio asar, humeante, y olor a fuerza y delicia como en ciertos recovecos;”) y académicas (“ex niña prodigio babosa vestida de papel impreso en letra diminuta, pegadas las palabras de ritmo dactílico para clítoris capuletos;”), la voz poética la invita –niña Cultura– a escaparse, a ir a entretenerse con otras actividades.

En varios poemas, el concepto (sea la Cultura, el Tiempo, la Sensibilidad Poética, la Vida o la Muerte) se humaniza y desprende de sus tradicionales sentidos asociados para aventurarse en el juego y “equivocarse de otras maneras”.

***

Lo paradójico e interesante de este personaje de francotirador es que dispara a la Cultura y sus representantes (la Academia, el Psicoanálisis, la izquierda intelectual) desde las trincheras del más específico culteranismo. No recurre a un lenguaje austero para atacar la solemnidad de las convenciones culturales, sino que redobla la apuesta: elabora una poética proliferante, que sabe moverse con soltura en varias esferas del conocimiento y se desenvuelve con mucha precisión en el manejo de la lengua.

Se puede estar de acuerdo o no con lo que Deniz opina acerca del marxismo-leninismo, los ámbitos académicos, Freud, Foucault, el nacionalismo o los periodistas de televisión, pero es innegable que, de lo que habla, sabe; cualquier piedrazo contra lo instituido provendrá de una cantera de conocimiento virtualmente infinita y heterogénea. “Pacheco bajo el microascopio” se llama el artículo que Deniz escribió en respuesta a un poema que José Emilio Pacheco habría publicado para ridiculizarlo, acusándolo de mal escritor y pervertido. En la respuesta de Deniz se puede leer cómo las referencias letradas multidisciplinarias no son gratuitas, sino que tienen un sustento de análisis crítico y textual. El artículo recorre el poema de su adversario verso a verso, deshilachando la pésima composición y oponiéndole ese bagaje de saberes que Deniz maneja con tanta agilidad.

El sometimiento de Pacheco al “microascopio”, severo y sin misericordia, le valió una condena al ostracismo. No hubo respuesta pública al artículo; no de parte de Pacheco ni de ningún otro colega. Sin embargo, en silencio, a Deniz se le fueron cerrando los pasillos del mundillo literario local.

***

Único félido feo es el jeopardo;
salta en silencio entre los estantes de más arriba,
conoce como pocos esos códigos odiosos cubiertos de polvo
que son puestos en las tablas superiores para no leerlos nunca.
De ellos el jeopardo extrae sus yeles, sus trucos, su saña;
desde allí mira, jeopardiza, procede
marchando cauteloso por el canto de las puertas abiertas;
pareciera reprochar, como hace Rúnika
(mas ¿quién no ha sido bragero, y aun repetidas veces?
—suelo contestarle).
Cuando se abalanza es sobre seguro.
Peligro, emergencia, desprendimiento de retina son sus palabras que prefiere
y todo está a su merced, todo,
todo en jaque o jeopardía y riesgo de percusión en la nuca
sin saberlo, pues nadie mira hacia donde él acecha.
Rasgo curioso: el jeopardo es mudo.
*2

Pero ni estamos en México y ni es 1970 cuando nos ponemos a releer a Deniz. La metáfora no es un problema (¡¿Qué es una metáfora?!). Si se hace una lectura rápida de la antología 30.30, poesía argentina del siglo XXI (Editorial Municipal de Rosario, 2013), un lector de tierras lejanas que estuviese interesado en la producción literaria argentina actual estaría de acuerdo con que el desgastado e inefectivo recurso de la metáfora prácticamente se murió y fue enterrado a varios metros de profundidad. Entonces, ¿qué sentido tendría actuar contra ella, contra el uso excesivo que se habría hecho de ella para ensalzar hiperinflados ídolos institucionales? No tenemos los obstáculos que tuvo Deniz en su momento, ¿para qué leerlo?

Para buscar la respuesta, un primer paso sería indagar más acerca de cuál es la operación Deniz dentro de la metáfora.

Volviendo la incitación por “equivocarse de otras maneras”, Deniz toma la relación entre dos elementos que supone toda metáfora (se nombra “A” y, al mismo tiempo, se dice “B”; se escribe “nieve” para aludir al “pelo canoso”, como en algún soneto de Góngora) y la elonga. No usa metáforas simplemente para encontrar alguna imagen original que renueve la misma figura tantas veces visitada; más bien, recurre al puente entre “A-B” con la intención de estirarlo lo más posible. Al forzar al límite la distancia entre dos elementos, ejerce una violencia semántica que le permite diseminar los juegos asociativos. De ahí el recurso a “vocablos extraños” y lexemas tradicionalmente ajenos a la poesía (o incluso a la mayoría de los mortales); rige una necesidad de distanciar, al límite, el lenguaje de su referente.

Relacionar, como en “Antecedentes”, la mancha de sudor que Rúnika deja sobre la mesa con un mapa de Asia Menor es definitivamente original. Pero no sólo eso: el recorrido semántico entre la transpiración trasera y las regiones de Anatolia que atraviesa el río Hermo permite al poema declinar un abanico de referencias cruzadas que, además, vienen acompañadas de un léxico nutritivo para la literatura (lexemas propios de otras disciplinas: histórica, geográfica, anatómica).

Uno puede leer:

Futhark! —maldijo alegremente Rúnika, saltando de la mesa al suelo
(y en el calor que dejó de estar sentada,
el mapa de Asia Menor en fiesta
insolentes jonios, líricos eolios; transverso,
el surco divinal de un Hermo pasmado bajo su cenit donde irradió
desde la tibia custodia del cielo lidio la más bella moneda rosácea y salobre. Pues bien,

y ponerse a buscar los significados y alusiones que se despliegan (así, podría enterarse de que los lidios acuñaron la primera moneda en la historia de las civilizaciones y que Rúnika detenta la “más bella moneda rosácea y salobre”); o bien, sin Wikipedia –con apenas un esbozo de la escena y los significados que con ella se delinean–, uno puede disfrutar del poema en sus cambios de ritmo, la variada acentuación de los versos y la expresividad de palabras que, por ignorar su significado, se acercan al zaum de los futuristas rusos (“Futhark!”).

***

El poema “Nictemeral” –del libro Enroque– consta de seis pareados, cada uno con un subtítulo que nombra distintos momentos en la transición de la tarde al amanecer:

Ocaso
Jirón de piel aún viviente
puesta a salar.

La estrofa se puede leer como una metáfora impura (“ocaso” = “jirón de piel…”) o, también, se puede dar vuelta (como una media) y preguntar: “¿Qué es un jirón de piel aún viviente/ puesta a salar?” Respuesta: “el ocaso”. Y tenemos una adivinanza.

La operación de Deniz sobre la metáfora consiste en hacerla en acertijo. Pero se trata del juego de las adivinanzas puesto en manos de un loco, un desquiciado de la lengua y los saberes: el jeopardo –animal neologístico que devino del jeopardy! estadounidense. La riqueza y el interés que despiertan los poemas de Deniz no tienen que ver solamente con la variedad de registro y léxico, sino, principalmente, con el sistema que los sostiene. Todo término tiene una razón de ser en el poema –sea o no explícita. De ahí lo jugoso de sus Visitas guiadas, esas génesis de poemas que, según Aira, “sugieren un procedimiento de composición con el que se podrían reconstruir mecánicamente todos los poemas”.

El sistema que carbura en la escritura de Deniz es garantía de aplomo y efectividad para los poemas. Cada palabra –ya sea más o menos “comprensible”– tiene una justificación, un argumento y una o múltiples asociaciones que entrelazan el texto. Y esa es una noción, una inclinación sobre la escritura, un criterio para encarar cualquier texto literario en la actualidad.

*1 Extracto de “Remonte”.

*2 Extracto de “Amenaza”