Gerardo Deniz

OF RATS AND MEN de Erdera 

 

No está nada mal nuestro templo.

La escalinata desciende hasta enopla y anopla,

los peldaños últimos ondulan en el agua.

Inclinada y todo, la torre es bella, es habitable

y, comoquier se juzgue, lleva muchas décadas

aunque haya sido remozada repetidamente; nada más legal.

Espada de mercurio, lago de azufre, la sal (y la mesera regordeta)

—fusión de bisutería en casquete craneano de un alquimista higiénico:

todo un modo de hacer, un modo de captar, y un pobre simbolismo.

Lo único intolerable son las ratas.

De día salen menos (pues la gran agua las asusta),

pero en la noche corren, estropean, roen los birretes de grandes maestres

y tienen el descaro de repartir pasquines —zon zátira, zeño—

donde se designan reinas de la playa, se retratan junto a un pez vela

que nunca pescaron, escarnecen la docta ignorancia

reflejada en la alteridad de nuestras hipótesis,

se cagan entre el pincho del violonchelo y los pies del ejecutante

y, habiendo queso, devoran cirios, a lo cual llaman “transgresión”.

Nos negamos a exterminar su adán y eva en un cumulonimbo prúsico

argumentando noramala derechos a la vida y otras vaguedades

de que se burlan luego de emplearlas para tomar el pelo.

Alcemos los pies quienes no frotamos instrumento da gamba

mientras pasan veloces hacia su Feria del Libro.

Estoy hasta el copete de aguantarles verbos en mi.

Dónde dejé el canotier. Adiós. Volveré tarde.

Voy como un dux veneciano a desposarme con el mar.